26 ene 2010

abril-junio 2009


Ancestros

“… Jesucristo, nuestro Señor, que como hombre fue descendiente del rey David” Romanos 1:3

“Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana” Apocalípsis 22:16

En el Reino Unido causa furor una página web (*) por medio de la cual, tras registrarse y abonar la cantidad correspondiente, uno puede a llegar a encontrar a sus antepasados, rastrear la huella de familiares, descubrir de dónde proviene y reconstruir su árbol genealógico.

Este hecho me hizo pensar en el afán que tiene el ser humano por conocer sus propias raíces y así sentirse más identificado con sus ancestros. Aunque, por otro lado, es curioso pensar que la realidad es que poca gente sabe cosas de sus tatarabuelos, lo que me llega a entristecer al comprobar que ni siquiera tu propia familia se va a acordar de ti. (“…Porque pronto pasan y volamos” Salmo 90:10)

Escuché una vez que un japonés se convirtió al cristianismo leyendo el capítulo 1 del Evangelio de Mateo, ¡sí, una genealogía! Qué cosa más extraña, y esto se explica teniendo en cuenta lo importantes que son los antepasados para los pueblos orientales, el comprobar que Cristo es de linaje real.

Jesús pudo haber aparecido en nuestro planeta Tierra de otra manera, por ejemplo como un hombre adulto, igual que los ángeles. Pero en el plan de Dios estaba previsto que se hiciera hombre como nosotros, la “encarnación”, no sólo como un bebé sino desde el vientre de su madre y, aún más allá, con antepasados, con familia, tíos, primos y abuelos. Se hizo hombre dentro de un núcleo familiar y de una época. Porque eso también es una lección viviente. Esa fue la escuela de Cristo, su familia.

Sus coetáneos lo conocían de esa manera, lo identificaban con su pueblo (“Y la gente contestaba: Es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea”) hasta tal punto que resultó ser casi su apellido “Jesús de Nazaret”. También lo identificaban con su familia (“¿No es este el hijo del carpintero? Y su madre, ¿no es María? ¿No son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?”)

Jesús fue niño, recibió educación de sus padres, “se sujetó a ellos” dice Lucas, creció en un hogar, seguramente jugó y se peleó con sus hermanos como un niño normal, no como describe algún evangelio apócrifo donde se presenta al niño Jesús realizando milagros ridículos e inútiles. Fue adolescente, su cuerpo sufrió las difíciles transformaciones de esa etapa (“Y el niño crecía y se hacía más fuerte y más sabio”). Fue joven, quizá le gustaba salir a pasear con sus amigos, hablar, descubrir el mundo adulto con curiosidad. Quizá se quejaba de la injusticia, quizá quería ser mayor. Parece osado plantearse estas cosas pero la Biblia dice que vivió y creció como el resto de los seres humanos.


¿Por qué no bajó de una nube? ¿Por qué no apareció de repente en su casa?
¿Por qué le gustaba referirse a sí mismo con un nombre tan nuestro como “el Hijo del Hombre”?

Porque en todo quiso ser igual a nosotros, desde el mismo embarazo, desde el parto, desde el primer llanto, para identificarse del todo, para entendernos del todo.

Elisa Herreros
(*) http://www.ancestry.co.uk/

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